Niños migrantes, la historia del exilio y del sueño americano

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Son las ocho de la mañana y el frío se siente en el campamento ubicado afuera de la estancia del Instituto Nacional de Migración (INM) que se incendió la noche del 27 de marzo con saldo de 40 muertos, hasta ahora.

Los migrantes que lo ocupan se despiertan poco a poco, mientras los policías municipales dan su rondín mañanero. La llegada de los recolectores de basura es la señal para levantar las cobijas. Los últimos en pararse son los niños, quienes ayudados por sus papás se cepillan los dientes y se peinan. Unos minutos después ya todo es movimiento.

Dos días antes, huyendo de la tragedia en la estancia del INM, muchos de ellos habían intentado cruzar hacia Estados Unidos por la puerta 36 de esta frontera. Como otras veces, corrió el rumor de que el gobierno de ese país los dejaría pasar, pero al toparse con el muro de rejas y alambre de púas regresaron al campamento.

Ahí viven varios niños que juegan entre ellos a lo mejor que pueden hacer: trepar a un árbol y buscar el sol para mitigar el frío que aún se siente. Se han hecho amigos al recorrer juntos el país, familia con familia; se han hecho compañía y compartido lo duro que es un viaje que puede durar más de tres meses.

Uno de esos niños es Mauricio, quien no tiene más de siete años de edad y acumula ocho meses viajando con su mamá desde su natal Venezuela. En México tiene poco más de una semana. Se entretiene con un guante de látex azul que su mamá ocupó para hacer el desayuno.