En los días posteriores a que el Vaticano anunciara el 6 de febrero que el papa Francisco tenía bronquitis y que limitaría sus actividades a su residencia, celebró varias audiencias privadas al día con grupos de monjas, peregrinos y dirigentes de fundaciones.
El 9 de febrero, presidió una misa al aire libre en la Plaza de San Pedro, donde el viento era tan fuerte que le voló el solideo blanco de la cabeza. No pudo terminar su homilía, la pasó a un asistente y dijo: “Tengo dificultades para respirar”.
Tres días después, en su audiencia semanal de los miércoles, el papa enfermo hizo que un asistente leyera su discurso. Pero luego estrechó la mano de decenas de prelados, muchos de los cuales se inclinaron para susurrarle saludos, y se fotografió con fieles españoles, reclutas militares milaneses y monjas de la orden de la Madre Teresa.
Dos días después, Francisco fue trasladado de urgencia al hospital, con lo que los médicos dijeron que era una compleja afección médica que evolucionó hacia una neumonía en ambos pulmones.
Muchos de quienes le conocen dijeron en las entrevistas que Francisco, impulsado por un sentido de la misión y una disciplina nacida de su formación temprana, prácticamente trabajó hasta terminar hospitalizado.
Ahora está postrado en cama tras semanas de ceremonias y audiencias —tanto privadas como públicas— que solo se intensificaron con el inicio en diciembre del Jubileo de 2025, un año de fe, penitencia y perdón de los pecados que solo tiene lugar cada cuarto de siglo.
Pero la agotadora agenda del papa —que agotaría a cualquiera, y mucho más a un anciano de 88 años con una serie de problemas de salud— está en consonancia con la personalidad de Francisco y con su visión del papado, dicen médicos, biógrafos y observadores del Vaticano.











