Cada año miles de motociclistas se reúnen en Parral para formar parte de la gran fiesta villista y mujeres como Lorena Domínguez demuestran que el rugir de los motores ya no es exclusivo de los hombres. Junto a sus nueve compañeras de fraternidad biker y unidas por una misma pasión, conquistan las carreteras y se abren paso en una cultura donde la velocidad, los parches y las chaquetas de color negro no son sólo su “outfit”, sino que ya son parte fundamental de su vida.
El sonido de una Harley-Davidson rompe el silencio mientras el viento golpea el casco y la carretera se pierde en el horizonte. Para Lorena Domínguez, motociclista parralense con alrededor de 12 años recorriendo caminos dentro y fuera de Chihuahua, ese instante representa mucho más que un viaje o una afición. Es la sensación de libertad que encontró cuando decidió dejar de ser acompañante para tomar el control de su propia motocicleta, una determinación que transformó su manera de convivir con su familia, de celebrar, de viajar y, sobre todo, de entenderse a sí misma dentro de un ambiente que durante mucho tiempo fue considerado exclusivamente masculino.
Hace más de una década, ver a una mujer conduciendo una motocicleta de gran cilindrada todavía causaba sorpresa y, en algunos casos, rechazo. La presencia femenina dentro del motociclismo era reducida y quienes se atrevían a ocupar el asiento delantero no sólo debían aprender a dominar una máquina pesada, mantener el equilibrio y conducir con seguridad en carretera, sino que también tenían que soportar comentarios machistas, cuestionamientos sobre su capacidad y la idea de que las motocicletas eran un asunto reservado para los hombres.
Lorena recuerda que en aquellos años hubo quienes le dijeron que debía estar en su casa o lavando trastes, expresiones que reflejaban un ambiente en el que una mujer al frente del manubrio todavía era vista como algo fuera de lugar.
Su acercamiento al motociclismo surgió dentro de su propia familia. Su esposo, Jesús Cruz, y sus hijos, Gabriel y Jair, ya conducían motocicletas y participaban en rodadas cuando ella comenzó a interesarse por ese mundo. En un principio se trataba simplemente de acompañarlos, compartir momentos y acudir juntos a los eventos, pero pronto descubrió que no se sentía cómoda viajando en la parte trasera.
“Yo no soy para andar aquí atrás, yo nací para andar adelante”, recuerda que pensó cuando decidió buscar su propia motocicleta. A partir de ese momento comenzó un proceso gradual que la llevó de una unidad pequeña a modelos de mayor cilindrada, hasta conducir actualmente una Harley-Davidson 1450, una de las marcas más reconocidas dentro de la cultura biker.
Una pasión que se volvió estilo de vida
Con el paso de los años, las motocicletas dejaron de ser únicamente un pasatiempo para convertirse en el centro de muchas actividades familiares. Los cumpleaños comenzaron a celebrarse con recorridos por carretera, las vacaciones se planearon tomando en cuenta rutas y concentraciones y los fines de semana se convirtieron en oportunidades para viajar a distintos puntos de Chihuahua o cruzar hacia estados como Durango, Sinaloa y Zacatecas.
La familia ha recorrido gran parte de la entidad, desde la zona serrana hasta ciudades como Chihuahua, Ciudad Juárez, Cuauhtémoc y Creel, además de destinos como Mazatlán. “Ya no pensamos en ir a un restaurante para festejar; ahora queremos festejar rodando”, señala Lorena al explicar cómo el motociclismo se convirtió en un estilo de vida compartido.
Ese estilo de vida también implica disciplina, cuidado y sacrificios económicos. Mantener una motocicleta en buenas condiciones requiere revisiones constantes, limpieza, reparaciones, cambios de aceite y una inversión que no siempre es menor.
Lorena calcula que únicamente el cambio de aceite de su Harley puede costar alrededor de cuatro mil pesos, por lo que sostener esta pasión implica ahorrar, dejar de lado otros gastos y dedicar tiempo al mantenimiento mecánico y visual de la unidad.
Abrirse paso en un mundo de hombres
Para ella, una motocicleta no sólo debe verse bien, sino encontrarse en condiciones óptimas para responder en carretera, porque de ello depende la seguridad de quien la conduce y de quienes ruedan a su lado.
Sin embargo, el reto más grande no estuvo en aprender a conducir ni en cubrir los costos de mantenimiento, sino en abrirse paso dentro de una comunidad dominada por hombres. Lorena asegura que durante sus primeros años sintió que debía demostrar más que cualquier motociclista varón, pues no bastaba con llegar a una concentración; tenía que dejar claro que había manejado su propia unidad, que no había llegado de copiloto y que tenía la capacidad de recorrer largas distancias por sí misma.











